Cuando no se conservan planos municipales, una fotografía de fachada tomada en las primeras décadas del siglo XX puede ser la única evidencia disponible. No alcanza para datar con certeza, pero sí para formular hipótesis razonables. La clave está en mirar por capas: primero el conjunto, después los elementos, y recién al final el contexto de la cuadra.
El revoque es el primer estrato que conviene observar. Una superficie continua y pareja suele indicar una intervención posterior; las zonas con textura irregular o con marcas de reparación señalan dónde hubo aberturas cegadas, agregados o cambios de nivel. En las fachadas de inspiración italianizante, el revoque solía simular sillería con líneas incisas; en las academicistas, aparecen molduras más marcadas y cornisas corridas que separan los pisos.
Las aberturas aportan otra pista. Los balcones con rejas de hierro forjado, los arcos de medio punto y las ventanas con carpintería de madera y postigos son rasgos frecuentes en viviendas urbanas de ese período. Si en la foto esas piezas se ven alineadas y con ritmo regular, probablemente correspondan al proyecto original. Cuando una ventana rompe la simetría o el ancho no coincide con el resto, vale la pena preguntarse si reemplazó a otra o si la foto registra una reforma.
Hay un límite que conviene declarar desde el principio: la imagen puede estar retocada, y los negativos sobreexpuestos borronean detalles finos. Por eso el método no busca certezas, sino construir una lectura que después se contraste con planos, escrituras u otras fotografías de la misma cuadra.